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Agüacero en La Subterránea

En dos meses, no había visto llover como hoy en Guanajuato. Andaba en el centro y por ahí de las ocho de la noche se soltó un aguacero.  La intensidad de la lluvia me obligó a resguardarme en el pórtico de una tienda de ropa en el centro histórico. La espera fue amena. Una pareja tapatía con dos niños llegaron corriendo al mismo lugar que yo. Estaban tan empapados que una sopa de fideo les qued aba corta. No sé en qué momento entablamos una conversación al mismo tiempo que les escurría agua por todos lados. Calle Subterránea. (Foto: Internet) “¿Está muy lejos la Alhóndiga?”, me preguntó el señor mientras muchas gotitas de agua le adornaban las micas de sus lentes. “No, como a 5 minutos, pero con esta lluvia sí está lejos” le dije. Como les quedaba más cerca el Callejón del beso optaron por seguir turisteando pese a las inclemencias del tiempo. “Pues ya estamos aquí” le replicó su esposa. Se tomaron de las manos y me dieron las gracias llamándome “señorita guanajuatense”, esa...

A un año de esta adicción

A un año de mi adicción Hace un año cambié mi siesta vespertina por unos tenis. A finales de marzo de 2014 desafié mi fuerza de voluntad (y la de gravedad) y empecé a correr. Eran las seis de la tarde y me abrochaba las agujetas de unos tenis Nike azul con gris que había comprado seis meses antes durante unas vacaciones, con la única intención de usarlos alguno de esos días de paseo en los que habría que caminar.  Cumplía dos meses intentando hacer una de tantas dietas para bajar de peso con la que solo conseguía ponerme de malas y que al menos un día a la semana que me comía una rebanada de pastel, aparecía al mismo tiempo una culpa comparada a la de haber cometido un crimen. Pero en esta ocasión además de bajar de peso, buscaba algo más, quería sentirme bien. Un par de años antes intenté sin éxito hacerlo de manera intermitente, fracasaba anteponiendo cualquier pretexto. Ese día de marzo cumplía un mes de haber terminado una relación y con la mente más fría, mi a...
D on Antonio, ¿cómo ve que Cuauhtémoc Blanco ahora quiere ser candidato a presidente municipal?, le pregunté a La Tota en su vidriería en el Barrio de San Juan de Dios. “Con trabajo sabe hablar, hazme el favor” La Tota en su vidriería. dice y suelta una carcajada el exjugador del Club León, conocido también como “El cinco copas”. Don Toño está convencido de que se puede ayudar sin necesidad de reflectores. Hoy visité a don Antonio “La Tota” Carbajal con un objetivo que no logré. Hablar de mis intenciones ahí está de más porque una hora después de platicar con él, mi corazón palpitaba fuerte, porque obtuve algo mucho mejor. Sorpresivamente me topé, además de experiencias, con sabiduría, la misma que le han dado no solo sus 85 años, sino sus más de 18 de trabajar con jóvenes drogadictos. Yo creo que personas como don Antonio hacen falta en este mundo a veces tan desanimado, tan saturado de malas noticias, tan superficial. Yo no sé nada de futbol, ni me encanta. Tampoco soy a...

Me gustan mis hombros

Me gustan mis hombros Me gustan mis hombros. Desde hace 28 años que viajan conmigo, han soportado peso, carga, han hecho lucir las blusas y también se han quemado por el sol, y hasta hoy concluí que me gustan. Y es que mis hombros no son cualquier hombro. Tienen una simetría a mi gusto, perfecta.  Mi reencuentro con ellos fue en el baño, mientras me lavaba las manos. Me miré al espejo y noté un bronceado que definitivamente no adquirí en mi último viaje a la playa. Tienen un tono morenito diferente, cafecito pero brillante. Absorbieron el sol que me pega cuando salgo a correr. Qué chulos.  Mientras el agua caía sobre mis dedos no dejé de observarlos y pensaba en cómo a veces no nos damos cuenta de las cosas que tenemos aunque estén todos los días ahí. Pero siempre esperan pacientes a ver a qué hora las vemos. Cerré la llave y me incorporé frente al espejo. Me pare derechita y no los perdí de vista. Tienen una forma redondita, que dejan caer el brazo con elegancia...

La resurrección del grillo

Desde hace meses un pensamiento me inquietaba. Era como punzaditas en la sien. Como de esas veces que sabes que algo no estás haciendo bien, o para acabar pronto, algo estás dejando de hacer, algo importante. Ahora que lo reflexiono, ese pensamiento era como el Pepe Grillo de Pinocho. Sentía que una vocecita me aconsejaba al oído, como cuando te "secreteas" con los amigos de la primaria tapándote la boca y el oído del otro para que nadie más escuche. Una y otra vez, una y otra vez. "Psss, psss...ey... Noemí, hazme caso... ey tuuuú... sorda..." y nada que lo pelaba. Leía el periódico por las mañanas y se aparecía: "aquí estoooy, ey sí tú", y yo según en mi papel de comunicóloga, trataba de concentrarme en la lectura. Seguía ignorándolo. Por la noche llegaba a la casa y oootra vez ese "tic tac, tic tac" que no me dejaba.  "Escribe", me decía la conciencia. "Escribe", escuchaba a cada rato. Sí, desde hace más de un año que que...