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Mostrando las entradas con la etiqueta familia

Lo bueno de lo malo

Facebook me recordó hoy que un mal momento siempre (y cuando digo siempre es SIEMPRE), es pasajero. En mi página de inicio aparecieron unas imágenes que me tomé hace un año en Zacatecas. En esa ocasión, tenía unos días de haberme quedado sin trabajo por primera vez desde que incursioné en el mundo laboral. Así que decidí pueblear aprovechando el tiempo libre. Aunque por un lado agradecía que el desempleo le había regresado mucha salud mental a mi vida, en mí predominaba la incertidumbre. Tenía muchas dudas e inquietudes del rumbo que tomaría a partir de ese momento. Recuerdo que visité la mina El Edén, la más famosa del pueblo, y a pesar de salir enamorada del sitio y orgullosa por vencer mi claustrofobia, la energía no me alcanzó para quedarme en el bar que había ahí adentro. No traía ganas y me faltaba motivación. Al día siguiente desperté en el hotel antes que mi alarma y salí a correr por las calles del centro sin rumbo (qué simbólico). Terminé mi sesi...

9 MESES

Hace exactamente nueve meses, un nudo me recorría de la garganta al estómago. No, no estaba embarazada. Llegué a vivir a Guanajuato con una mezcla de emoción y miedo. No sólo era un trabajo nuevo, era todo: la primera vez que me mudaba de ciudad, de departamento, personas nuevas, espacios totalmente ajenos, rutinas abismalmente distintas, sensaciones inéditas. Los primeros tres meses me acompañó la incomodidad: no me sentía de aquí, pero cuando iba a León, tampoco me sentía de allá. (Y eso que me considero panza verde hasta las cachas). Al principio mi perrita Nuni era mi fiel compañera: caminábamos por los callejones de San Cayetano donde viví los primeros meses, cerca del Jardín del Cantador donde tuvo su primer round con un perro (y yo con el dueño). Explicándole a Nuni que era nuestro primer día en otra ciudad. Por las tardes, cuando se podía, salía a correr por los famosos Pastitos, subiendo callejones empinados a los que nunca me pude acostumbrar. Suf...

Volvió a ganar el amor

Rogelio tomó la mano de Lidia, la llevó suavemente hacia su pecho mientras sus miradas se encontraban y comenzaron a bailar. Sonreían como aquel enero de 1978. Al compás de una balada romántica, familiares y amigos atestiguábamos el momento: mis tíos Lidia y Rogelio celebraban 40 años de casados. Aunque yo no asistí a su boda, ayer me pareció que se veían tan contentos y enamorados como el día en que se juraron amor hasta la muerte. Los observé con sorpresa y admiración. Mis tíos Rogelio y Lidia celebrando cuatro décadas de amor. ¿40 años viendo todos los días a la misma persona? ¿40 años de aguantarse? ¿cómo? pensé. Me suena a una locura. “Es que no te has enamorado” dice mi mamá cuando le pregunto su fórmula para que ella y mi papá sigan unidos después de casi 35 años. Su experiencia la avala, así que es posible que haya algo de cierto en sus palabras. Lo que me llama la atención, es que aún existan parejas que con tanto tiempo de ser esposos, les sigan bri...