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Una niña de 31 años

Me subí al camión más temprano de lo habitual, y ya no había espacio para sentarse.

Hasta el fondo, quedaba un escaloncito para pasar a la barra de los asientos del final, así que lo adapté como mi lugar durante los siguientes 15 minutos de trayecto. Apenas cabía.

Recién arrancaba el autobús, y unos  gritos que parecían de horror, me hicieron percatarme de que en ese sitio que elegí, estaba rodeada de puros niños.

Aquellos alaridos provenían de un par de chiquillos acomodados delante de mí, de unos 6 años. Hacían escándalo porque el camión descendió a uno de los túneles de la ciudad obscureciendo el panorama.

Cuando salimos de ahí, volvió la luz y pude ver sus caras. Sus voces no eran de miedo, sino de emoción por ese "tenebroso" acontecimiento. Disfrutaban del movimiento cual juego mecánico de la feria.

Enseguida, uno de ellos peló los ojos y enseñó sus dientes chuecos. Tenía una cara chistosa. Ambos soltaron una espontánea carcajada que me contagió sin que se dieran cuenta.

A mi izquierda otros tres que tendrían 10 años, jugaban fútbol con un celular. "Vamos Ronaldo", decía el que sostenía el teléfono mientras los otros dos le echaban porras con las mochilas a un lado. El juego se interrumpió cuando el dueño del teléfono recibió una llamada de su mamá, a quién le dió la ubicación del camión.

Colgó y continuó la cascarita.

A mi derecha, dos niñas que podrían estar en sexto de primaria, se miraban atentas mientras sostenían una conversación que intenté escuchar sin éxito. Sus voces se perdían entre los murmullos de la chiquillada. Me intrigó qué podrían estar hablando tan entretenidas dos niñas de apenas una década de edad.



Mi foto en el autobús.

Los mismos que habían gritado al principio, ahora jugaban a adivinar los números con los dedos de sus manos. Uno de ellos levantó el dedo "grosero", el otro le contestó muy serio que "levantar ese dedo es malo". Por unos segundos se quedaron callados.

A punto de llegar a mi destino, me puse de pie para tocar el timbre del camión. Vi que el par de niñas platicadoras me observan fijamente. Cuando las descubrí, me regalaron una sonrisa, ese gesto me desconcertó, así que solo atiné a corresponderles.

Me baje del autobús con una sensación agradable, por 15 minutos, ese rincón del transporte público fue juego mecánico, casa del terror, campo virtual de fútbol y lugar de secretos y confesiones de niños y niñas.

En mis tiempos, nadie conocía los celulares, lo más cercano eran tamagochis, tetris, o para los más fresas, el gameboy.
Eso sí, en mi infancia una prima me dijo al oído el significado de levantar el dedo medio, aunque pasaron varios años para que lo entendiera.

A estas alturas, me agrada todavía hacer cosas que disfrutaba hace 20 años, como ver "Bananas en Pijama",  patinar, brincar de contrabando en un trampolín, darme de almohadazos con mi hermano, aventarme por dulces cuando rompen una piñata y me pone muy de buenas la sensación de subirme a un columpio. ¿Será eso normal?

Considero que no es cliché cuando dicen que uno nunca deja de ser niño, aunque de repente nos tomamos demasiado en serio eso de ser adultos.

Con el paso del tiempo te vuelves más prejuicioso y aparece cierta ansiedad conocer la opinión que tienen los demás respecto a nosotros.

Quizá por eso disfruté  tanto ese momento. Esos niños no sabían que yo los observaba, pero tampoco ellos me observaban a mí. Hablaban con libertad y envidié que pudieran divertirse con cosas tan sencillas en un camión repleto, un lunes a la 1:30 de la tarde.

Lo que sí se, es que ese día, durante 15 minutos, en un autobús acordonado de niños, me pareció ser también uno de ellos. Ese día me sentí niña de 31 años.

FIN

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